martes, 7 de enero de 2014

Carmen

Una mañana cualquiera mi mujer comenzó a llamarme Efraín. Me dijo así: “Pásame la azúcar Efraín”, y yo le respondí como haría cualquiera, “yo no me llamo Efraín, me llamo José Carmen Samaniego Martínez”. A partir de entonces, y cada que se le antojaba, así me decía, Efraín esto, Efraín lotro, y yo además de encanijarme porque me llamara así, me ponía muy agobiado porque aquello podría significar que mi mujer se estuviera volviendo loca, o fueran síntomas de esa enfermedad de nombre raro y difícil, aljáimer, eso me preocupaba. Siempre que me llamaba Efraín yo le recordaba que yo no era Efraín, que yo era José Carmen su esposo, y ella parecía medio entenderme y si en ese momento me ocupaba me llamaba así, José, o Carmen, aunque Carmen no le gustaba porque decía que era nombre de vieja -así se llamaba su abuela, doña Carmen-, pero hay de dos cármenes, de mujer y de hombre, y mi nombre es de éstos. Luego volvía a olvidársele y me gritaba “¡Efraín, traime una toalla!” Y ahi iba yo, todo encabronado a llevarle la toalla. Todavía la canija me decía: “Acomódamela pues, que no me alcanzo”, y ya ni modo, me tocaba verla en cueros, con aquellas sus carnes ya maduras y redondas todavía macizas, olorosa a lubricidad de cuerpo recién bañado. “Sécame la espalda, brusco, que no me alcanzo”, y me restregaba todos sus cuadriles mojándome la pelvis, pero yo nomás de pensar que en cualquier momento me iba a decir otra vez el maldito nombre, de la muina que me causaba que me dijera así ahí nomás la dejaba, con la toalla terciada por la espalda y echando chispas de tan caliente. Me acuerdo de aquellas veces, cuando por las noches me llamaba y me decía pégateme tantito atrás, y yo la comenzaba a buscar, le lambía la orejita y le arremangaba la mano por entre las piernas y mero cuando estábamos ya bien entendidos salía con su batea de babas: “¡Ay, Efraín, que mano tan sabrosa tienes!” Y no pus se me bajaban las ganas hasta el suelo y me iba a echar al sofá a ver aunque fuera puros comerciales.
A mí, a decir verdad, nunca me gustó mi nombre porque parecía de vieja, así me decían de chamaco, que yo era vieja porque me llamaba Carmen, como Carmencita la churrera. Luego conocí josemarías, joseineses, y supe que mi tío Chon se llama Concepción, y entendí que los nombres no son solo de mujer, y me fui acomodando al mío. A más de algún necio le rompí el hocico porque no entendía y ya de grande se me quedó el Josecarmen, o Chemeno, como me dicen mis amigos. El tal Efraín fue alguna vez mi amigo, él sabía que yo le iba a hablar a Yola para novia, y el día del baile la sacó a bailar y del baile se la robó. Yola volvió a los tres meses ya con panza y diciéndole a los de su casa que Efraín iba ir a pedirla, que nomás que llegaran unos centavos que le mandaba del norte su hermano Santiago. Cinco meses después Efraín se casó con la hija de Lupe el de la tienda, y Yola se tiró a matar. Así perdió a su cría. Yo la busqué y luego luego le propuse que se viniera conmigo y ella, qué más, me dijo sí, “pero espérame tantito porque orita no puedo ser tu mujer”. Al tiempo nos fuimos acomodando, y ella se halló su modo ahí en la casa, pero aquella muchacha alegre se quedó para siempre en ese desgraciado baile. Así con el tiempo vivimos tranquilos, yo dedicado a hacer muebles, ella a la casa, pero a veces la encontraba callada, llorando a solas, y sabía que lloraba por aquel buey, pero ella me decía que no, “ya no tomes tanto, que va a pensar la criatura de ti, ¿así quieres que sea tu hijo?” “Pobrecita, decía yo, cree que tenemos un hijo”. Pero yo no tuve hijos de ella. Al cabo del tiempo nos fuimos haciendo grandes y un día de repente me comenzó a llamar con ese infeliz nombre, y yo, como saben, a preocuparme y hacerla entender que no, que yo no era, que yo me llamo José Carmen, José Carmen Samaniego Martínez, pero ella andaba mal, no dejaba de decirme así, “Efraín esto, Efraín lotro”, ¡y yo así no me llamo! Luego dejó de querer verme. Ahora ya nadie viene a visitarme, y sé que en la entrada preguntan por un tal Efraín, ¡pero yo no me llamo Efraín, por eso nadie me encuentra! Cuando quieras verme pregunta por mí, José Carmen Samaniego Martínez, cuarto 12, pabellón C, segundo piso.

dic23/ene14

(De Escatologías, Editorial Montefalcón, inédito, en busca de fondos para publicación).

1 comentario:

José Joaquín López dijo...

Un buen cuento, sin duda. Lo leí desde que visitaste mi blog, Anecdotario.net y gentilmente dejaste comentario. Tenía pendiente devolver la cortesía.

Saludos y adelante con la escritura.